martes, 12 de marzo de 2013

Capítulo 2

Alcé la vista de las malgastadas páginas del libro de magia que estaba leyendo y la clavé en las odiosas llamas verdes que salían de la chimenea, más concretamente de un madero hechizado. El calendario de madera que descansaba en la repisa de la misma me recordaba que ya llevaba casi un mes entero en Sheldon. Era domingo. De pronto, aún con la mirada perdida entre los reflejos esmeraldas del fuego, un escalofrío recorrió mi cuerpo de arriba abajo y, enterrando la cara en las manos, di rienda suelta a mi estúpido llanto. Aquel color era tan parecido a los ojos de Edward… No recordé que también eran los de Ty. Me limité a derramar miles de lágrimas, una tras otra, a la espera de que alguien se apiadase de mí y cerrase el grifo, en vista de que yo no era capaz. Brian se encargó de ello. Mi móvil vibró dos veces y pude leer en su pantalla:

“Tenemos problemas, Soph. Hay sombras en tu distrito. Te han encontrado. Voy para allá”.

Calculé cuando tardaría en llegar y recibí otro mensaje.

“En una semana estoy ahí. Suerte, guapa”.

Mi respuesta fue escueta:

“Gracias”.

Cerré el libro y, dejándolo abandonado en el suelo, subí las escaleras hasta mi habitación. Allí cambié mi suave camisón por ropa de calle. Enfundé mis largas piernas en unos pitillos de montar a caballo y los pies en unas botas de piel hasta por encima de la rodilla que se ajustan a la pierna como un calcetín. Por un momento, mi reflejo se me antojó como el cuarto mosquetero, y reí. Luego seguí con la ropa. Me puse una camiseta negra de Los Ramones, una sudadera del mismo color con el logo de la escuela y un gorro de lana muy oscuro que ocultaba mi larga melena rubia. Las manos y la cara las protegí con un sencillo conjuro, y salí a la calle.
Mis desarrollados sentidos enfocaron la calle como si, en lugar de las once y media de la noche, se tratase de las doce del mediodía. Mi mirada recorría cada esquina, cada rincón, cada resquicio, como si fuese la última vez que fuese a hacer aquello y quisiese memorizar todos los detalles. Mi cuerpo se deslizó, sinuoso, por la calle, hasta que me topé con la criatura frente al Nightmare, el club nocturno de moda en el pueblo. Bueno, en realidad el único. Aún estaba vacío, puesto que abría a “la hora de las brujas”, como rezaba su cartel. Faltaba media hora para las doce, y los jóvenes que solían atestar el local aún no habían llegado. La hora de las brujas… Como si las brujas fuésemos a agradecer que nos dedicasen la hora de su apertura. La criatura me resultó extrañamente familiar. No recordé nada de lo que me habían enseñado en ese instante. Me quedé paralizada al ver que, en lugar de los acostumbrados ojos negros que relucían en las cuencas de las criaturas nocturnas, dos brillantes ojos esmeralda me miraban desde aquel rostro difuso. Y la criatura aprovechó mi idiotez para asestarme un golpe que me dejó tirada en el suelo. Gemí mientras me levantaba. Y entonces eché a correr. La criatura se quedó un poco atrás puesto que no esperaba una maga tan cobarde, pero no tardó en comenzar a seguirme. En aquel momento, supe con seguridad que me alcanzaría. Y en aquel momento también, hallé la manera de impedirlo. Al alzar la mirada, descubrí luz en el tercer piso del edificio que me rodeaba y escalé hasta llegar allí. Entré por la ventana y caí al suelo frente a una cama ocupada por un adolescente rubio que mantenía los ojos cerrados y los cascos puestos. Sin preocuparme lo más mínimo por el chaval, sabiéndome en terreno conocido, me asomé de nuevo a la ventana y vi cómo la nocturna daba la vuelta sobre sí misma y luego abandonaba el callejón confundida. Y reí. Mi risa sacó al chaval de su música, ya que apartó los cascos y me miró.
—¿Sophie? –preguntó asombrado–. ¿Qué haces aquí?
—Si te dijese que me perseguían para matarme, ¿te lo creerías? –indagué con una sonrisa.
—Probablemente no, ¿es cierto?
—Sí. Pero tranquilo, ya se ha ido. –Me senté a su lado en la cama y reí de nuevo–. Es solo que no puedo volver a casa ahora mismo. ¿Podría quedarme aquí?
—Claro, faltaba más. –Se echó a reír conmigo y luego me preguntó–. Oye, nunca lo pregunté, ¿cuántos años tienes?
—No quieras saberlo, Ty. No quieras saberlo.
—¿Tan joven y ya ocultas tu edad? Qué mal vamos, Sophie.
—Ya ves… Bueno, al caso. Que tengo que quedarme. Gracias por permitirlo, Ty.
—De nada, mujer. Bueno, vamos allá. ¿Por qué te perseguían?
—Yo los perseguía, y era solo uno –contesté, avergonzada. Cada segundo que pasaba, más segura estaba de que hubiera podido con él. Y entonces, sus ojos verdes volvieron a mi mente y mi mente se bloqueó. Caí sobre la cama y solo después de que Ty me sacudiera varias veces volví en mí.
—¿Te desmayaste? ¿Realmente acabas de desmayarte?
—¡No! ¡¡¡No es cierto!!! –chillé fuera de mí–. No, ¿vale? Es… mi mente se ha… bloqueado de pronto, porque recordé algo, nada más, ¿de acuerdo?
—Vale, vale, tranquila. –Se acercó a mí y me abrazó, provocando en mi interior unas sensaciones tan extrañas que el corazón comenzó a latir mucho más deprisa, unas sensaciones que solamente había experimentado una vez.
—Ty… Ty, yo…
Pero no pude continuar. Bueno, no quise. Al final, me calmé y me dejé caer sobre la cama, derrotada. No podía mirarle a los ojos, no cuando esas sensaciones seguían recorriendo mi cuerpo, reptando lentamente, reviviendo mi interior. No me moví hasta que controlé esos sentimientos, hundiendo el brillo de mis ojos hasta que no quedó casi nada, y entonces me levanté con una sonrisa y lo miré:
—¿Qué observas?
—A ti. Te ha dado un ataque de… algo, o algo. Sigo flipando.
—No necesito que me lo recuerdes. ¿Qué escuchabas? –Me pareció la mejor manera de cambiar de tema.
—¡TY! –gritó alguien al otro lado de la casa, y me escondí bajo la cama sin que Ty me lo pidiese. Si mi profesor de Matemáticas –y el padre de Ty– me viese allí, no soportaría su rapapolvo más tarde.
—La visión desconocida, ciega es. El mundo de las tinieblas, de mi parte está –murmuré, volviéndome invisible.
—Ty, nos vamos a la ópera –empezó mi profesor.
—No invites a nadie y sé bueno, ¿de acuerdo? –continuó la madre.
—Sí, mamá. ¿Cuándo volvéis?
—Mañana a las tres de la tarde, porque mañana lunes es fiesta. Además, recuerda que tenemos que ir a la ciudad para ver la ópera. Nos quedaremos allí.
—Vale, mamá. Hasta mañana.
—Adiós, Ty. Sé bueno.
Los dos desaparecieron, y al poco se oía el ruido de una llave girando en la cerradura principal. Ty tendió una mano y me sacó de bajo la cama. Ty siguió la conversación que habíamos tenido antes de que fuésemos interrumpidos.
—Estaba escuchando la nueva de Justin Timberlake, “Suit and tie”. ¿Quieres que ponga música o lo haces tú?
—Yo.
Me dirigí al portátil que descansaba sobre el escritorio y busqué en YouTube hasta encontrar lo que quería: Evanescence, My Immortal.
                      
                                       “I’m so tired of being here,
                                       suppressed by all of my childish fears.
And if you have to leave
I wish that you would just leave.
‘Cause your presence still lingers here
and it won’t leave me alone…”

—Esta canción me la enseñó una chica de Europlance que conocí hace mucho tiempo. Se llamaba Beth, y fue una de las mejores amigas que he tenido jamás.
—Yo de este grupo solo conocía una… Me gusta, está muy guay. Gracias por enseñármela.
—Bring me to life, ¿verdad? Sí, es la que más se conoce de ellos. Bueno, por lo menos es la que solían poner en la radio. Pero tienen muchísimas, y todas geniales.

                       “These wounds won’t seam to heal,
                       this pain is just too real,
                       there’s just too much that time cannot erase…”

—Evanescence… Lo apuntaré, me han gustado.
Cuando acabó la canción, se levantó él y, llevando el portátil a la cama, comenzó a buscar él también. Pronto me encontré escuchando Maroon 5.
La conversación posterior versó única y exclusivamente sobre música y artistas favoritos de uno y de otra. Me encantaba hablar de música, podía ser yo misma sin necesidad de medir mis palabras a cada segundo. Con controlar a qué conciertos en vivo había ido y a cuáles no, todo controlado. Nos dieron las doce hablando de música, y a Ty le sonó el móvil. Era su madre. Cuando colgó, me explicó que su madre quería que se acostara ya.
—¿Y dónde duermo yo? –pregunté con una sonrisa.
—Teniendo en cuenta que el único sitio donde mi hermana no mira cuando llega a casa es este y que no pienso dejarte dormir en el suelo… Vas a tener que dormir aquí, conmigo.
—Vale, guay.
Me quité las botas y me saqué la sudadera por la cabeza. Luego, mientras Ty me observaba por el rabillo del ojo –fingiendo buscar el pijama bajo la almohada–, dejé caer los pantalones, libres, hasta el suelo y sacudí la pierna para que formasen un gurruño en el suelo antes de doblarlos junto a lo demás. Cuando me di la vuelta, Ty arqueó las cejas, inquisitivo.
—Hace calor. ¿Te molesta?
—En absoluto –afirmó, echando a andar hacia el baño. Cuando volvió, me di cuenta de que en realidad nunca lo había visto en bañador o, en su defecto, solamente con un pantalón. Era guapo, muy guapo. Tenía el pelo cortado de una manera difícil de describir, pero muy común. Como un antiguo corte a tazón que había crecido salvajemente, sin orden ni patrón. El flequillo oscuro le tapaba la frente, juntándose con las cejas a la altura del párpado móvil. Por detrás era largo, pero no mucho. Lo suficiente. Bajo aquel telón oscuro relucían dos ojos verdes esmeralda, preciosos. Era musculoso, pero no en el sentido de cachas-de-gimnasio-presuntuoso. Más bien del tipo del que podrías sentirte segura en sus brazos, así. Los abdominales estaban perfectamente dibujados, y era de espaldas anchas. Estaba mirando al suelo, y la sangre teñía levemente sus morenas mejillas. En definitiva, era el tipo de chico tímido que tenía a todas haciendo cola y ni se daba cuenta. Sonreí al pensarlo.
—Ven, anda, que se va a hacer de día –me dijo, abriendo el edredón para que entrase junto a él. Rogué por que no me hubiese visto comérmelo con la mirada. Me deslicé a su lado con una sonrisa.
—Buenas noches, grandullón –murmuré, dándole un beso en la mejilla.
—Buenas noches, pequeña –me deseó, devolviéndome el beso.

Me di la vuelta y, cada uno en un lado de la cama, nos fuimos quedando dormidos. 

Capítulo 1


El amanecer llenó mi habitación de una luz rosada y me despertó de mi reparador duermevela. Me sentí renovada, como si hubiese cambiado durante mis horas de sueño, aunque en realidad ni siquiera me había deshecho de mis botas. Bajé hasta la cocina e hice aparecer una taza y un calentador para la leche. Después bajé el sobre de cacao y el cartón de leche y me preparé el desayuno. Me lo zampé en un tiempo récord, procediendo más tarde a lavar la taza y el calentador y a subir a mi cuarto.
La observé con aire crítico y luego saqué la varita que llevaba escondida en la bota izquierda. Toqué el suelo con ella y de inmediato una suave moqueta negra cubrió el frío parqué; con un movimiento de muñeca pinté la pared de rojo sangre y la puerta de negro; el somier y el colchón sobre los que había dormido cambiaron de pronto para pasar a ser una cama de matrimonio de madera antigua de cabecero elaborado y un enorme colchón mullido de las mismas proporciones; el buró lo dejé donde estaba, pero hice que pareciese más de los años veinte con una mano de pintura; el armario mutó en un gran vestidor. Satisfecha por mi trabajo, decoré el resto de la casa en un santiamén y deshice la bolsa que quedaba. Todas mis cosas llenaron armarios, estanterías y cajones. Cuando terminé, metí de nuevo la varita en mis botas camperas y, calándome un gorro de lana en la cabeza y cogiendo al vuelo una trenca oscura del perchero del pasillo, deslicé mi móvil hasta el bolsillo del pantalón y salí a la calle.
Siendo sincera, hacía mucho, mucho frío, pero a mí las bajas temperaturas no me afectaban. Eran las ocho de la mañana, y también parecía que nadie habitara allí. Siguiendo mi infalible instinto, recorrí el pueblo hasta encontrar mi principal objetivo, el instituto. Esto era la peor parte de tener mi edad: con diecisiete años, la escolarización es obligatoria. Y estudiar en casa no iba a colar, puesto que carecía de tutor que lo hiciese. Era pequeño y acogedor, con el aparcamiento lleno de los coches de los estudiantes de secundaria que llenaban las aulas a primera hora de la mañana. Repasé en mi mente las instrucciones del maestro Arcado y me dirigí a secretaría. Allí, una señora mayor me entregó un plano que desapareció en el interior de mi bolso y un horario que guardé pulcramente entre las páginas de mi libreta.
Sonó el timbre de la segunda hora, y me crucé los pasillos hasta el aula número 125, Matemáticas. Inspiré hondo una vez y entré en la clase. Como me había temido, todas y cada una de las miradas se apartaron de la pizarra de tiza, en la que un joven profesor, de unos treinta y muchos, explicaba las educaciones de tercer grado, para clavarse en mí. En absoluto intimidada, crucé la clase y le entregué mi parte al profesor.
—Eres la chica nueva, ¿verdad? Sophia…
—Sophia Swardenkaranivkowa –completé para sacarle del apuro, mientras todos me miraban asombrados.
—¿Puedes repetirlo? –me pidió el profesor, con el boli suspendido sobre mi parte de asistencia, en el que solo había alcanzado a apuntar mi nombre.
—¿Quiere mejor que se lo escriba?
Asintió mientras la clase hacía verdaderos esfuerzos por no estallar en risas. Tras cerrar el parte, me adjudicó un sitio junto a un chico que, según su carpeta, se llamaba Harry Peterson. Le saludé en voz baja, y me devolvió el saludo. Luego deslizó su libro hasta el centro de la mesa. Al final del día, yo tenía muchísimos libros nuevos para aprenderme de memoria y ningún amigo. Nadie se acercaba a hablar conmigo y yo no les necesitaba. O eso creía.


Al día siguiente, subí a mi coche nuevo, un todo-terreno cortesía del maestro Arcado y escogido por Brian, y me dirigí al instituto. Tras tres clases transcurridas en silencio, un chico rubio, con unos preciosos ojos esmeralda, se acercó a mí. Sentí una clara punzada en el corazón cuando me miró, pero me esforcé por aclarar mis ideas y le miré yo también.
—¿Eres Sophia? –preguntó, sabiendo perfectamente de mi respuesta afirmativa.
—Sí. ¿Quién eres tú? –inquirí a mi vez.
—Me llamo Tyler Boods y soy el hijo del profesor de Matemáticas –añadió al ver que en mis ojos relucía la sombra de la curiosidad–. Estoy contigo en Literatura, Historia y…
—Química –terminé yo, ubicándole–. Ya sé quién eres.
—¿Qué tal por aquí? Eres nueva en el pueblo, ¿me equivoco?
—No, es cierto. Me he mudado anteayer. Bueno, ayer a las dos de la mañana.
Mi respuesta le hizo esbozar una sonrisa que lo único que consiguió fue arrancar otro pedacito de mi frío corazón roto. Aparté la mirada antes de sonreír yo también.
—Entonces supongo que de nada servirá que te pregunte si te gusta el pueblo. No lo habrás visto lo suficiente, ¿verdad?
—No, no creo que sirva de nada –repliqué entre risas. Él también se rió, y medio alumnado se dio la vuelta para mirarnos. Para mirarme. Sacudí la cabeza lentamente y luego deslicé dos dedos por un mechón de mi cabello, cohibida. Tyler negó también y me dijo, como si de un secreto estatal se tratara, con los labios pegados a mi oreja:
—No les hagas caso, temen por principio todo lo extraño. Son unos idiotas.
—Lo suponía. ¿Son aquellos tus amigos? –pregunté señalando con la mirada a un grupo especialmente paralizado que se hallaban sentados en torno a un balón, mirándonos fijamente desde la cancha de fútbol.
—Sí, y me temo que ahora mismo parecen exactamente iguales que todos los demás. No suelen ser así, suelen ser más… movidos. No sé, igual los han abducido.
—Sí, ¿los marcianitos? Bueno, da igual. Era curiosidad, simplemente –respondí, pero él se levantó y tomó mi mano, tirando de mí hasta donde se encontraban sus amigos. Una vez llegamos, me soltó y chocó palmas con un par de ellos.
—Chicos, esta es Sophia. Sophia, ellos son Harry, Luke, Derek, Mike y John.
Nadie se movió; continuaron mirándome en silencio hasta que Tyler le propinó una patada a Luke y él y Harry –Peterson, el mismo de la clase de Mates– me saludaron, cohibidos ante mi presencia. No me inmuté, mi sola presencia bastaba para acallar todo ruido. Tyler sacudió la cabeza y se sentó, y yo sonreí. Puede que observasen mis brillantes ojos violetas, puede que mirasen mi larga melena rubia, puede que estuviesen esperando que mi esbelto cuerpo mutase en una alienígena. No ocurrió. Tyler me invitó a sentarme a su lado y, poco a poco, la tensión fue desapareciendo hasta evaporarse por completo.

A lo largo de la semana descubrí que eran uno de los grupos más populares del instituto porque la mayoría de sus integrantes formaban parte del equipo de fútbol del colegio. Eran divertidos, y pronto dejé a un lado las restricciones que me habían impuesto para hacerme su amiga.